De hipotéticos dioses a simples mortales

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Por José Manuel González Infante.

Estamos, como apuntan algunos comentaristas, frente a un panorama en el que una Sociedad «Narcisista», dominada por un desmesurado deseo de poder, se cree en posesión de un ilimitado saber científico-técnico con el que aspira conseguir -más pronto que tarde- doblegar su destino valiéndose de la razón instrumental. Esta ilusión, está a punto de pisar el límite que separa la normalidad de la psicopatología.

Permítanme explicarme. El horizonte de la anormalidad psíquica en la que hemos caído, podemos situarlo en el ámbito de un trastorno de la personalidad que en la actualidad, posee una mayor relevancia mediática que propiamente psicopatológica -no figura en ninguna guía psiquiátrica- me refiero al «Síndrome de Hybris», descrito por el  político/médico David Owen, cuando analiza el comportamiento de ciertos líderes y su manejo político del poder.

Aunque el trastorno oweriano está referido a personalidades relevantes y no al conjunto de la sociedad, ciertamente los políticos son un fiel reflejo de la comunidad socio-cultural que los ha elegido. El que en muchos de ellos la soberbia sea la expresión habitual de su megalomanía, plasmándose en un ejercicio del poder desenfrenado y despótico, debería hacernos poner en guardia a toda la sociedad, no solo frente a estos políticos, que también, sino sobre todo, respecto a ella misma.

La investigación psico-sociológica, cuando el zoon politikón de turno se cree en posesión de la verdad y ejerce el poder desde una alucinada prepotencia, debe reflexionar sobre qué valores constituyen los pilares sobre los que se sustenta la propia urdimbre social. En las sociedades democráticas, el ejercicio despótico del poder por parte de ciertos líderes, es el síntoma diana que debería orientar el diagnóstico de que no todo vale en el desarrollo de las relaciones interhumanas.

No resulta tan desmesurada la opinión de quienes, como decíamos más arriba, interpretan el momento actual (nuestro inmediato pasado) como el reflejo de una ilusión catatímica propia de una sociedad narcisista.

Ha sido en el aquí y ahora (nuestro presente-presente) de ésta sociedad occidental -nuestra sociedad- donde ha sobrevenido una singularísima catástrofe, una Pandemia inesperada y cruel cuya furia irracional y devastadora resulta difícil de poderse entender desde nuestro proverbial racionalismo reduccionista.

La súbita irrupción en nuestras vidas del Sars-CoV-2, indujo a pensar que se detenía en seco el triunfalismo aparentemente imparable de nuestra sociedad. La Covid-19 fue la respuesta somática frente al patógeno, de aquellos hermanos nuestros que tuvieron la desgracia de ser infectados prematuramente por el virus. La abrupta y brutal reacción multiorgánica, incomprensible para los más expertos virólogos, constituyó un acontecimiento que, tanto cualitativa como cuantitativamente, estuvo a punto de colapsar todo el sistema sanitario a escala planetaria.

Pero a la catástrofe representada por la pérdida de vidas inocentes y las posibles secuelas de la enfermedad, todavía insuficientemente evaluadas, se asocia el carácter de vivencia macrotraumática que representa un acontecimiento de esta naturaleza.

Con independencia de su repercusión sobre las personas en forma de Estrés post-traumático, que deberá ser analizado detenidamente de cara a su prevención o tratamiento -un ingente trabajos para psiquiatras y psicólogos- querría referirme a unos efectos colaterales, no por eso, de ninguna manera desdeñables.

Los seres humanos nos adaptamos al medio mediante nuestra inteligencia, pero no siempre este esfuerzo adaptativo esta regido por la voluntad conscientemente movilizada. Con mucha frecuencia nos servimos de defensas psíquicas inconscientes, los llamados «mecanismos defensivos del Yo». Pero aún incluso, más allá de éstos, existen otras defensas psíquicas que hunden sus raíces en estructuras evolutivamente más primigenias, auténticos esquemas biológicos preformados que reaccionan como defensas, cuando la vivencia traumática es de tal magnitud que bloquea la inteligencia y nubla la conciencia. Posiblemente la más primitiva de estas reacciones es la descrita por Kretschmer como «reflejo de hacerse el muerto», que se observa frecuentemente entre los animales como defensa frente a la amenaza depredadora. En el caso de los humanos, solo las reacciones biológicas sensoriomotoras de conversión poseen este carácter; sin embargo, la considerada como principal medida de contención de la Pandemia: El confinamiento, ¿no representa un vestigio que nos hace rememorar el defensivo reflejo de inmovilización descrito por Kretschmer?

Resulta como mínimo sorprendente que en el siglo en que se está pensando muy seriamente en viajar a Marte, un microscópico agente externo nos amenace casi con extinguirnos como especie y la única respuesta que tengamos frente al mismo sea inmovilizarnos, pasar desapercibidos para todos, lo que no deja de ser una muerte social, muy al estilo del síndrome kretschmeriano. Siempre hemos respondido igual los humanos en el curso de la historia. Pero no podemos sustraernos a que todo aquello que dificulte nuestra innata necesidad de convivencia causará secuelas psíquicas a las personas más vulnerables.

Pero de este drama -que con todas las reservas podemos considerar en tránsito hacia su extinción- no debemos extraer conclusiones encaminadas únicamente a incrementar nuestro saber científico-tecnológico ofensivo/defensivo, sino a estimular nuestras capacidades creativas poniéndolas al servicio de la construcción de valores de sentido; enriquecer nuestro innato deseo de saber con un mayor conocimiento del medio natural que ayude a su conservación y desarrollo armónico y, sobre todo, siempre desde la humildad y cuando sea necesario con sacrificio, fomentar la solidaridad. De esta forma es posible que evitemos a nuestros hijos que dramas de esta naturaleza, emulando el papel del «servus publicus» de la Roma clásica, les prevengan con la conocida y lapidaria frase: «Memento mori».

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