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Caprichos del destino

« Por un clavo se perdió una herradura,
por una herradura, se perdió un caballo,
por un caballo, se perdió una batalla,
por una batalla, se perdió el Reino.
Y todo por un clavo de una herradura.»
Canción popular inglesa (circa 1400)

El título original de la película es Random Hearts, que podría traducirse como “Corazones al azar”. Apunta al papel que juegan las circunstancias aleatorias en la vida de las personas y, más concretamente, en el aspecto amoroso sentimental.

Fue catalogada como un drama romántico y recibida con críticas divididas, obteniendo una recaudación menor de la esperada, quizás porque, aunque trata el tema de la infidelidad —algo común en el mundo americano—, su ritmo y enfoque al narrar la historia la alejan del típico film hollywoodiense.

Basada en la novela del mismo nombre escrita por Warren Adler autor que también intervino en el guion, realizado junto con Darryl Ponicsan y Kurt Luedtke. Cada uno de los tres es responsable, respectivamente, de adaptar otros guiones tan exitosos como La guerra de los Rose, El último deber o Memorias de África.

La dirección corrió a cargo del ya desaparecido Sydney Pollack, entre cuya filmografía como director podemos destacar filmes tan reconocibles como Tal como éramos (1973) con Barbra Streissand y Robert Redford, Ausencia de malicia (1981) con Paul Newman, Tootsie (1982) con Dustin Hofmann, La tapadera (1993) con Tom Cruise y la anteriormente citada Memorias de África (1985) con Meryl Streep y Robert Redford, por la que obtuvo el Oscar a la mejor película y a la mejor dirección.

Como protagonistas encontramos en el papel del sargento «Dutch» Van Den Broeck al carpintero que se hizo actor, Harrison Ford; y como la congresista Kay Chandler a la laureada actriz británica Kristin Scott Thomas. Entre los actores secundarios están el descendiente de judíos sefardíes Peter Coyote, la elegante Susanna Thompson, el más conocido por su papel del capitán Jim Brass en el C.S.I. Las Vegas Paul Guilfoyle, y el propio Sidney Pollack encarnando al personaje de Carl Broman.

La pregunta que suscita la película es el papel de las circunstancias aleatorias en la vida de las personas. La respuesta no es fácil de determinar, porque nunca estaremos seguros de qué hubiera ocurrido en caso de no darse dichas circunstancias. Películas como Hombre de familia (Family man) con Nicholas Cage y Téa Leoni tratan esta cuestión desde otra perspectiva más tierna.

Entonces, ¿qué es lo que sugiere nuestra película? Al ser una historia trágica nos pone en alerta para evitar el camino que a ella conduce. Es cierto que una parte recuerda el concepto de sincronicidad acuñado por Carl Gustav Jung. Éste es un principio de casualidad acausal; es decir, la coincidencia de eventualidades significativas que carecen de causa. En opinión del célebre psiquiatra suizo existe una conexión de sentido entre determinados sucesos, aunque su origen no puede ser establecido. En la historia que nos ocupa un desgraciado accidente es el que da inicio a una relación entre dos personas desconocidas hasta ese momento y que, a partir de entonces, entrecruzan sus vidas con un resultado incierto.

Y es este segundo aspecto el que quizás tenga más enjundia. ¿Conocemos realmente a la persona con la que compartimos la vida? ¿Sabemos a ciencia cierta cuál es el “estado de salud” de nuestra pareja? ¿Qué grado de responsabilidad tenemos si somos víctimas de una infidelidad?

Es verdad que en el film está obviado el proceso diacrónico de las dos parejas protagonistas de la historia, por lo cual no puede determinarse cuál es el grado de responsabilidad que tiene cada uno en la actuación de su cónyuge. Más bien lo que plantea la película en particular —y el cine en general, al igual que sucede en los sueños— es que, estando ya inmersos en una situación dada, cuál sería nuestra actitud ante la misma y, por tanto, nuestra conducta. Y es que al mostrarnos el final antes de que ocurra en nuestras vidas (como se dice en un momento del film: “Tarde o temprano todo acaba sabiéndose”) puede servirnos de advertencia para cambiar nuestra actitud a tiempo y así, prevenir un desastre.

En otras películas (no sólo en las de Hitchcock) cuando contemplamos a las acciones de los protagonistas se produce una ansiedad creciente, pues siendo testigos de sus errores nos sentimos incapaces —somos meros espectadores— de evitar las desgraciadas consecuencias que se intuyen en el futuro cercano. En este sentido Caprichos del destino acorta tiempos, evita este proceso y nos traslada directamente al final de la historia. Su intención es más teleológica que etiológica, lleva a plantearse no tanto por qué, sino para qué va a servir lo que decidamos; vemos ahora las consecuencias derivadas de elecciones pasadas tomadas a la ligera. Se nos invita a ver las secuelas desde la irreversibilidad del futuro, no desde la inmediatez del momento presente en el que tienen remedio, sino una vez ya sin posibilidad de rectificación. Nos avisa que nuestras acciones tendrán consecuencias no sólo personales, sino también en las personas que nos rodean.

Y hay un tercer apartado digno de mención, es el que atañe a la conducta de Harrison Ford, que está atrapado por el efecto Zeigarnik. Como advirtió la psicóloga rusa Bluma Zeigarnik (observando la actuación de los camareros mientras sirven las comandas encargadas) las situaciones inconclusas son más difíciles de olvidar. Dutch no puede continuar su vida hasta que cierre de manera adecuada su relación matrimonial. Incluso Kay admite encontrarse en esa misma coyuntura cuando le reconoce que ya ni siquiera puede divorciarse. Es decir, necesitamos concluir algo satisfactoriamente para evitar que permanezca y retumbe sine die en nuestro interior: “Bien está lo que bien acaba”.

Dolor, traición, amor o suspense (incluido en otra trama paralela de la historia) es lo que la película proporciona, además de la posibilidad de tomar ahora, cada uno en las circunstancias particulares que le son propias, la decisión más adecuada. Nuestra salud mental personal y la de nuestros seres queridos está en juego.

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