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Mediterráneo

Dr. José Ignacio del Pino

Quizás porque mi niñez / sigue jugando en tu playa / y escondido tras las cañas /

duerme mi primer amor, / llevo tu luz y tu olor / por dondequiera que vaya…”

Joan Manuel Serrat (n. 1943)

El antiguamente denominado Mare Nostrum” (“Nuestro mar”) une a una serie de pueblos que van desde Algeciras a Estambul —también en palabras del cantante catalán— amontonando en su arena amor, juegos y penas. Constituye el punto de enlace entre los tres continentes del mundo clásico: Europa, África y Asia. Y los pueblos que viven en sus orillas comparten un estilo de vida tan parecido que, si no fuese por el idioma, sería difícil distinguir en cuál país nos encontramos. Sin duda, puede decirse que hay “una cara, una raza” como se repite varias veces en la película; existe una identidad común del Mediterráneo.

Y con este título encontramos una película italiana, dirigida por Gabriele Salvatores y reconocida en 1991 con tres Premios David de Donatello a mejor película, mejor montaje y mejor sonido. Y luego en 1992 logró el Óscar a la mejor película extranjera e idéntico premio en el Festival de Palm Springs. Giancarlo Bigazzi y Marco Falagiani son los autores de una banda sonora fresca y alegre basada en la música popular del Egeo. La historia se inspira libremente en la novela S’agapò (“Te amo”) de Renzo Biasion. Tragicomedia costumbrista, es un retrato fiel del carácter italiano, sobre un fondo de temas muy serios como son la guerra, la soledad, el amor o el deber, pero siempre buscando provocar una sonrisa.

La historia comienza en 1941 con un grupo de soldados jóvenes que están en “la edad de no saber si formar una familia o ir a recorrer mundo”. Ocho militares y una mula son desembarcados en una perdida isla griega con la misión de “observación e información”. El pelotón, conformado por los restos de otras unidades, está bajo el mando del poco belicista teniente Montini (Claudio Bigagli) y un más aguerrido sargento Lorusso (Diego Abatantuono). Al llegar encuentran la isla desierta, el barco que los trajo es destruido y, al poco, pierden la radio quedando aislados del mundo exterior. Pero no todo es lo que parece. Al tiempo reaparecen los habitantes de la isla: un sacerdote ortodoxo, mujeres, viejos y niños, pues los hombres han sido deportados antes por el ejército alemán. Empieza entonces un juego de relaciones humanas con los nativos que durará más de tres años, el tiempo transcurrido hasta que un barco de la Royal Navy llegue a la isla para repatriarlos.

Al inicio de la película hay una frase de Henry Laborit —el biólogo, médico militar y etólogo francés, iniciador de los neurolépticos para el tratamiento de la esquizofrenia— que da una pista sobre cuál es la clave: “En tiempos como esos, la huida es la única manera de mantenerse vivo y seguir soñando”. La dedicatoria del final, “A todos aquellos que están escapando”, no hace sino confirmar lo anterior. De hecho, el soldado Corrado Noventa (Claudio Bisio) intenta continuamente huir para regresar con su mujer que le espera en casa, por lo que es considerado como un desertor. A lo largo de la historia se van desgranando los caracteres de los protagonistas y las historias que cada uno encierra. Destacan la del tímido Antonio Farina (Giuseppe Cederna), que será capaz de enfrentarse a todos sus compañeros por el amor de Vassilissa (Vana Barba), la prostituta que dejará su profesión por él. O la de Strazzabosco (Gigio Alberti) quien cambió su mula Silvana por el amor temporal de una residente de la isla. Da mucho que pensar la escena en la que al abandonar la isla coincide con el marido deportado que regresa, el abrazo que la mujer da a cada uno de los hombres y la mirada de estos cuando se cruzan.

También la de los hermanos Munaron (Memo Dini y Vasco Mirandola) y su relación compartida con una solitaria pastorcilla, que es más una fantasía erótica que una realidad. O la de Luciano Colasanti (Ugo Conti) al que la imposibilidad de tener relaciones con una mujer (fue el primero en serle negado el acceso por Vassilissa) y los años de aislamiento entre hombres le reviven la etapa homosexual propia de la infancia, sintiéndose atraído por su sargento. Pero quizás sea este, el sargento Lorusso, quien mejor represente el peso de la vida. Tras superar su desconcierto al enterarse que el 8 de septiembre de 1943 Italia cambió de bando, olvida su rigidez y deja que Farina permanezca en la isla. Y volverá con él al cabo de los años para reencontrarse y disfrutar juntos de su retiro. Esta quizás sea la nota amarga de la historia, que los ideales juveniles no siempre alcanzan sus metas. Situación que se repite con el teniente, quien vuelve también al recibir una carta del propio Farina y decide quedarse con ellos.

Parecería claro, entonces, que la filosofía de la película sostiene que huir es lo bueno; pero se nos olvida otro personaje, Corrado Novanta, que precisamente es el único que no se salva, pues la última noticia es que queda aislado en una barca en mitad del mar intentando regresar por sí mismo. Recordemos que entender no es justificar. Podemos comprender la necesidad que tenía de volver, pero no se justifica su huida. Son los que cumplieron hasta el final su misión (el sargento, el teniente e incluso el propio Farina quien no tenía nadie esperándole en Italia) los que alcanzan ese retiro al final de su vida, una vez cumplido su deber. 

Quedémonos entonces con unas imágenes preciosas de nuestro mar, una música emotiva y unas historias que, como cada ser humano, son únicas. Así, recordemos que una persona es capaz de superar su pasado como Vassilissa, de vencer sus miedos como Farina o de integrar el deber con la humanidad como Lorusso. Y no olvidemos que, aunque es comprensible el deseo de evitar responsabilidades, sólo cuando las cumplimos tendremos derecho a ese merecido descanso.

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