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Navidad. El regalo de una sonrisa

«Una sonrisa es un rayo de luz en el rostro»

William Thackeray (1811-1863)    

Son tiempos para “regalar”. Si, ciertamente estamos en Navidad. Y muy especialmente en tiempos para regalar sonrisas… ¡qué gran tarea! A unos puede costarle más que a otros. Es cuestión, como casi todo en la vida, de genes, educación, ambiente y del mejor o peor uso que hagamos de nuestra propia libertad. 

Contemplar una cara sonriente viene a ser como la expresión del ser bien recibido, traduce una bienvenida, es signo de buena acogida.  De ordinario cuando nos encontramos con alguien surge, en nuestra intimidad, una respuesta y se inicia un cierto diálogo gestual.  Nuestras mentes inician el diálogo y la dinámica vital se embebe en un baile emocional que correrá por alguno de los diversos estilos del humano vivir.  Es el juego del agradecimiento, la solicitud, la duda, la pregunta o simplemente la contemplación.  

Sonreír es algo así como envolver en papel de regalo perfumado el don de nuestra acogida.  Y, pienso que mucho nos va en ese saber vivirlo y revivirlo.  Es más, pienso que conviene que sepamos que se trata de algo aprendible, siempre contando con la propia motivación y generosidad.

La sonrisa de los humanos

Desde el punto de vista fisiológico, una sonrisa es la expresión facial consecuente del activar los 17 músculos existentes cerca de los extremos de la boca y alrededor de los ojos. En los humanos, es una expresión común que refleja placer o entretenimiento, pero que en ocasiones supone la expresión involuntaria de ansiedad o de algunas otras emociones como la ira o la ironía.

Sigamos profundizando. Varios estudios han demostrado que la sonrisa es una reacción normal ante ciertos estímulos y que nos ocurre independientemente de cuál sea nuestra cultura. No es una reacción que se aprende, sino que se nace con ella; por eso los niños que nacen ciegos sonríen desde un principio. En los animales, la exposición de los dientes, que podría parecer una sonrisa, significa casi siempre una amenaza o una señal de presentación. Y también cabe, un mimetismo conductual por su relación con los humanos. 

El sonreír no solo cambia la expresión de la cara, sino que también conlleva, al igual que sucede con el ejercicio físico, el que nuestro cerebro produzca endorfinas, sustancias capaces de reducir el dolor físico o emocional y de provocar una sensación de bienestar. 

Sonrisa y madurez

La madurez tiene mucho que ver con la sonrisa, con la risa y con el sentido del humor que es la capacidad que poseemos los seres humanos para relativizar lo que debe ser relativizado. La persona madura, distingue lo risible de lo irrisible y sabe, sobre todo, no tomarse a sí misma demasiado en serio, sabe reírse de sí misma. Saber reírse significa dejar de girar alrededor de sí mismo para girar en otra órbita, la de la realidad. No recuerdo quién fue pero sé que alguien definió al ser humano como el único animal capaz de reír, o también como el animal que ríe.

Efectos de la sonrisa madura

La madurez que la sonrisa expresa y alimenta comprende el aprender a disfrutar con lo pequeño, lo cotidiano y lo normal, descubriendo así su cara amable. Y también el no sacar de quicio los problemas. Y supone, el saber ver lo que ocurre, en su verdadera dimensión, dándole importancia a lo que realmente la merece. Ser maduro significa tener flexibilidad, en lenguaje coloquial tener cintura sabiendo adaptarse, oportunamente, a las diversas circunstancias y personas. Y, aún más, conlleva tener ilusiones y proyectos, darse tiempo, tener paciencia con uno mismo y con los demás.  

La madurez implica aceptar las circunstancias que tengo tal y como son y no vivir permanentemente pensando en cómo deberían ser. Es instalarse en la realidad tal cual es sin escapar de ella, afrontando la vida tal como se me presenta. Así podremos llegar a estructurar la sonrisa como expresión de la propia madurez y ésta, a su vez actuará como gestora de la sonrisa, pero de la sonrisa verdadera, de esa que implica la alegría y la paz del que ríe, también, con sus ojos.

Sonrisas verdaderas y falsas

Curiosamente, existe un indicador fisiológico muy simple de la armonía cerebral del hombre. Tiene fundamentos biológicos bien estudiados desde hace ya más de un siglo y es la sonrisa. Y podemos distinguir la falsa sonrisa de la verdadera, sin capacidad para el disimulo. Una sonrisa “falsa” –la que uno se impone por razones de orden social o conveniencia- sólo moviliza los músculos zigomáticos del rostro, los que al desplazar los extremos de la comisura labial dejan los dientes al descubierto. 

            Por el contrario, una sonrisa “verdadera” moviliza además los músculos periorbiculares, los que rodean los ojos. Y como éstos no pueden contraerse voluntariamente, es decir, mediante las órdenes del cerebro cognitivo, dicha orden debe provenir de las regiones cerebrales límbicas, primitivas, emocionales y profundas. Por esta razón, los ojos no mienten nunca: sus pliegues señalan la autenticidad de una sonrisa.  

Consejos prácticos

Cuestan poco y valen mucho. Si nos hacemos estas sencillas preguntas puede resultarnos mucho más fácil, tal como pretendemos estas Navidades, regalar sonrisas:

¿Cuánto cuesta una sonrisa? – Nada.

¿Cuánto beneficio nos puede dar? – Mucho.

¿Qué tiempo dura? – Un instante.

¿Y cuánto perdura en la memoria? – A veces, toda la vida.

¿Quién es tan rico que no la necesite? – Nadie.

¿Quién es tan pobre que no pueda regalarla? – Nadie.

¿Se empobrece el que la da? – Al contrario, se enriquece.

¿Se puede comprar, vender o robar? – Sólo se puede ofrecer gratuitamente.

¿Y quién es el que está más necesitado de una sonrisa? – Aquél que no tiene ninguna para dar. 

           Terminaré con una conclusión inteligente: Sonríe siempre, para no dar a los que no te quieren, el placer de verte triste, y para dar a los que te aman la certeza de que estás y eres feliz.

Dr. Manuel Álvarez Romero. Médico Internista

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