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Médicos 2.0

Un avance que la ciencia ficción nunca pudo prever fue la de la informática ni que, gracias a ella, se multiplicaría de modo inaudito la capacidad de comunicación e información de cualquier persona en cualquier lugar con acceso a la Red. La profesión médica no ha sido ajena y hoy las herramientas informáticas forman parte de la práctica profesional cotidiana. Como todas las innovaciones que se convierten en rutina, parecería que no hubo otra forma de trabajar. Sin embargo, hace menos de treinta años, los medios para efectuar la historia clínica, los sistemas de archivo y la redacción de informes poco difería de los de principios del siglo XX. Este adelanto, unido a la proliferación de los dispositivos móviles, permite de modo instantáneo asesoramiento sobre cualquier patología y comunicación con colegas y pacientes, en un sistema retroactivo que beneficia indudablemente la práctica de la medicina, especialmente en áreas alejadas de grandes ciudades. Las sociedades científicas y organismos sanitarios estatales ofrecen guías de actuación, bibliografía, imágenes y un largo etcétera, de modo inmediato y prácticamente sin coste. Estamos ante una sanidad compartida, en un mundo conectado. Hablamos de “médicos 2.0” por analogía con el nombre que Tim O’Reilly, uno de los pioneros de la Web, utilizó en un ya lejano 2003 para destacar que ésta ya era interactiva y se había convertido en una comunidad virtual. Y cuando aún estamos empezando a conocer las múltiples posibilidades de la Web 2.0, se nos anuncia el paso a la 3.0 o el tiempo del Big Data, orientado a resultados más que a conocimiento y que, aseguran algunos, podría sustituir a la intervención humana en la toma de decisiones en muchas disciplinas y situaciones.

Asimismo, al pairo de la aparición de redes sociales, hay muchos profesionales que las utilizan para emitir desde consejos de salud y dar respuesta a cuestiones varias hasta para destacar las excelencias de su práctica clínica. Con únicamente la ayuda de un teléfono móvil y cierto desparpajo, prácticamente sin costes, se puede uno asomar al mundo desde cualquier rincón de nuestra consulta y con algo de fortuna convertirse en un influencer, que sería algo así como que influye en la opinión de un sector de la población. La interactividad se extiende en este caso más allá de los pacientes, siendo dirigida a una población interesada o curiosa. Pero como toda innovación en manos humanas, ésta tiene siempre otras facetas menos alegres: de entrada, el riesgo de cambiar la formación continua por el éxito o de vivir de una imagen de solvencia que no se sustenta en la realidad. Una sanidad 2.0 adolece de la posibilidad de interferencia con el acto médico en sí y con la honorabilidad; en cuanto al primer punto, es incuestionable que la práctica profesional se basa en una relación cara a cara, a la que debe dedicarse un mínimo de tiempo, máxime cuando hoy día el modelo asistencial ha evolucionado hacia la negociación: es preciso explicar la situación clínica, los pasos diagnósticos y alternativas terapéuticas y conocer las inquietudes del paciente, y esto lleva un tiempo. Tiempo que actualmente los médicos de Atención Primaria reclaman enérgicamente. Localizar y abrir la historia electrónica, verificar los incidentes de ésta, redactar el proceso actual y hacer peticiones y prescripciones, limita aún más los escasos seis minutos que hoy dispone un médico de familia. Parece casi imposible establecer una relación humana eficiente en este plazo.

En cuanto a la honorabilidad, estar expuesto a la opinión pública en redes sociales tiene sus costes, sea por imputación ajena o mérito propio. En este medio es muy difícil recuperar credibilidad si se pierde. Quizá sea razonable intentar usar estas herramientas con moderación y sentido común. La discreción fue siempre un valor añadido a la profesión, verbigracia el secreto profesional, como también la modestia y el ser útil a los enfermos y a la sociedad sin algarabías.

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